La
casa De las muertes
Enrique Olea Oiza
Sergio Escudero Riesco
Parte histórica
La Casa de las Muertes es
una vivienda diseñada por el arquitecto Juan
de Álava en el casco
histórico de ciudad de Salamanca (España). La denominación popular de la
casa responde a una mezcla entre leyenda
popular e
historia. La casa posee cuatro calaveras talladas en piedra que, a modo de ménsula, parecen colgar de las jambas de las dos ventanas superiores de la
fachada. Esta característica ornamental, unida a un asesinato de cuatro
habitantes acaecido a comienzos del siglo XIX, le dio como nombre popular:
"Casa de las Muertes".
La casa se encontraba ubicada en una calle de Tapiceros, actualmente en
la calle de Bordadores. En
1500 Alfonso de Fonseca hace construir esta casa (junto con el Palacio de La Salina). A comienzos del siglo XIX se produce
un cuádruple asesinato de una familia compuesta de cuatro individuos que
habitaba en su interior. Este suceso impresionó a los habitantes de Salamanca y
acrecentó la denominación popular de la "Casa de las Muertes". En
mayo de 1835 una señorita que, meses antes había despedido a sus criados, habitando
en su retiro en la casa aparece una mañana asesinada en el pozo del patio. A
causa de estos sucesos la casa quedó deshabitada por algún tiempo hasta que
volvió a ser habitada a finales del siglo XIX.
Esta casa se caracteriza por la fachada, labrada en la piedra
franca de las canteras salmantinas
de Villamayor. Toda ella muestra una ornamentación
plateresca. En un medallón central
puede verse un busto con la leyenda dedicada a Alfonso de Fonseca, donde se puede leer la inscripción:
Severísimo Fonseca Patriarcha Alexandrino.
Fuente:
https://es.wikipedia.org/wiki/Casa_de_las_Muertes
Parte lingüística
La leyenda de Don Diego y Elvira
Cuentan que la historia de esta casa se
remonta al año 1467.
En 1467 vive en este lugar una bella
jovencita llamada Elvira Manzano. Don Diego, un joven de noble aspecto, y poco
dado a permitir que no se realice su voluntad, se ha enamorado sin remedio de
la encantadora Elvira.
El problema principal es que en
Salamanca por entonces hay una lucha de bandos nobiliarios: los Monroy y los
Manzano. Elvira pertenece al bando de los Manzano y don Diego al de los Monroy.
Una especie de Romeo y Julieta a la española, con el matiz de que nuestra
Elvira no está enamorada de don Diego, detalle que a don Diego no le parece de
importancia.
Don Diego consumido de “amor” elabora un
plan para secuestrar a su “amada”. Busca la ayuda de dos soldados sin
escrúpulos: Tello e Íñigo, que a su vez consiguen la ayuda de Altamirano,
sirviente de la casa de los Manzano.
Una noche que Elvira está sola en compañía
de quien ella cree que es su fiel Altamirano, escuchan ruido en la casa.
Alguien ha entrado. Altamirano que ya no puede aguantar más su mala conciencia,
confiesa a su joven señora la traición y los planes de don Diego.
Elvira no pierde la calma y decide
fingir su muerte. Compone la escena con unos eficaces efectos de luces. Deja
que la oscuridad se adueñe de sus aposentos, se deja caer en la alfombra con un
crucifijo en la mano, y su muerte fingida queda apenas iluminada por la tenue
luz de la luna y la lamparilla de la Virgen que preside la habitación.
Don Diego no puede aguantar por más
tiempo la separación de su deseada Elvira. Abre la puerta de los aposentos de
la joven con ardorosa violencia, pero no tiene más remedio que detenerse
demudado a contemplar la escena.
Mira a su “amada” creyéndola muerta,
mira después la imagen de la Virgen a la luz temblona de las velas, y cae de
rodillas envuelto en llanto, culpa y arrepentimiento.
Entre tanto Altamirano no ha estado
ocioso. Ha hecho creer a Tello e Íñigo que sigue estando de su lado. Y con la
excusa de llevarlos a un aposento lleno de riquezas que pueden saquear, los
conduce por una escalera de caracol hasta una cueva abierta en roca viva.
En el interior de esa cueva, la madre de
Elvira, Doña Mencia de Asuero, había colocado los cadáveres de sus dos hijos
mayores, muertos a manos de doña María la Brava que los decapitó sin piedad
para vengar a su vez la muerte de sus hijos.
Cuando Tello e Íñigo entran en la cueva,
en lugar de riquezas encuentran los dos cadáveres sin cabeza. Pero es tarde
para escapar. Altamirano cierra para siempre la puerta.
Lo siguiente que se sabe de Don Diego es
que ingresó en un convento, se dedicó a la vida religiosa y murió nada menos
que santo.
De Tello e Íñigo no volvió a saberse
nada hasta que años y años después, con motivo de unas excavaciones para
reconstruir la casa (¿quizá cuando se edificó la casa de las muertes en el
siglo XVI?) aparecieron en aquella oquedad entre rocas cuatro cadáveres: los de
Tello, Íñigo, y los de los dos jóvenes Manzano que doña María la Brava dejó sin
cabeza.
El hallazgo de los cadáveres horrorizó tanto a los salmantinos que desde
entonces dieron en llamar a la casa como la de las muertes.
La leyenda de Don Diego y doña Mencia
Cuentan que años después sucedió otra
historia macabra en el interior de la casa de las Muertes.
La costumbre de heredar nombres de
antepasados, la simple casualidad, o la oscuridad confusa que rodea a las
leyendas hace que los nombres de los protagonistas de la siguiente historia
sean muy parecidos a los de la anterior. Él vuelve a llamarse don Diego y
ella ahora se llama doña Mencia.
Don Diego es un soldado poeta. Un joven
valiente muy temido por sus enemigos en el combate, y un trovador apasionado
que con sus versos vence la resistencia de las más firmes voluntades femeninas.
Un donjuán en toda regla que ha conquistado a muchas mujeres a lo largo y ancho
de la ciudad, y a todas ha despreciado.
Hasta que un día conoce a doña Mencia.
Una joven muy bella recién salida del convento, tímida y callada. O eso cree
don Diego…
Se casan. El matrimonio vive en la que
hoy conocemos como casa de las Muertes. Don Diego tarda poco en descubrir que
ha tomado por esposa a la horma de su zapato.
Doña Mencia aprovecha las ausencias guerreras
de su marido para divertirse con unos y con otros.
Salamanca siempre ha sido una ciudad
pequeña, y las habladurías llegan pronto a oídos de don Diego. Nuestro Don Juan
charro regresa al galope a Salamanca, finge no dar crédito a las noticias, pero
el burlador burlado prepara su venganza.
Los amantes de doña Mencia empiezan a
aparecer misteriosamente muertos a los pies del balcón. Don Diego es tan
diestro en el combate, que sus víctimas no tienen tiempo ni de gritar. Nadie
escucha nada y los cadáveres empiezan a amontonarse. Ya han muerto dos hombres
a los pies de su casa, y ningún otro con dos dedos de frente se atreve a
mirar a doña Mencia.
Hasta que aparece don Lope, quien
seducido por los encantos de doña Mencia, está dispuesto a desafiar cualquier
peligro por estar con ella.
La noche en la que han decidido consumar
su atracción, don Lope se encamina a la casa de las Muertes. El viento que
recorre la ciudad es atronador. Rompe a llover. Emboscado en la oscuridad
de la calle Bordadores don Diego espera.
Don Lope llama a la puerta de la casa
con la señal convenida. Por entre el aullido del viento y el golpear de la
lluvia escucha de pronto gritos a su espalda:
—¡Defendeos, don Lope!
Don Lope echa mano a su espada. Los
rugidos del viento ocultan los gritos de la pelea y el chocar de las espadas.
Doña Mencia despreocupada y feliz da el
último toque a sus rizos, se pellizca las mejillas, y espera ilusionada entre
perfumes la llegada de don Lope.
En ese instante don Lope cae muerto en
la calle. Don Diego da dos pasos hacia su vivienda y por un momento vacila.
Parece que también va a caer, pero ayudándose de la espada recupera el
equilibro.
Doña Mencia sonríe al sentir que la
puerta de su habitación se abre. Se vuelve para recibir a don Lope, y
empalidece al ver a su marido observándola, apoyado un brazo en la pared y
colgándole del otro la espada cubierta de sangre. Horrorizada adivina lo
sucedido:
—¡No me mates! ¡No me mates, por favor!
Diego avanza hacia ella. Pero cae
al suelo. Tiene una herida en el costado por la que se le está yendo la vida.
Mencia aprovecha para quitarle la espada y tirarla por el balcón. No puede
evitar un grito al ver el cuerpo de don Lope tendido en la calle. Aterrada y
llena de rabia se vuelve a mirar a Diego. Pero Diego ya no está allí.
Mencia presiente el peligro y no se
atreve a dar un paso. Intenta calmar el llanto y buscar a Diego con la mirada,
pero no descubre dónde está. De pronto Diego se abalanza sobre ella, le agarra
el cuello y empieza a apretar con furia.
A la mañana siguiente los vecinos
descubren el cuerpo sin vida de don Lope tendido en la calle. Miran hacia la
casa, y a través del balcón abierto ven muertos a la pareja. Ella con el rostro
amoratado y los ojos todavía abiertos y horrorizados. Él atenazando aún entre
sus manos el cuello de ella, como si ni aún después de muerto estuviera
dispuesto a soltar lo que creyó de su propiedad.
Fuente: http://historiasdelcuartodeatras.blogspot.com.es/2012/10/leyendas-de-la-casa-de-las-muertes.html
Parte
matemática
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