jueves, 14 de enero de 2016

La casa De las muertes




Enrique Olea Oiza
 Sergio Escudero Riesco
Parte histórica
La Casa de las Muertes es una vivienda diseñada por el arquitecto Juan de Álava en el casco histórico de ciudad de Salamanca (España). La denominación popular de la casa responde a una mezcla entre leyenda popular e historia. La casa posee cuatro calaveras talladas en piedra que, a modo de ménsula, parecen colgar de las jambas de las dos ventanas superiores de la fachada. Esta característica ornamental, unida a un asesinato de cuatro habitantes acaecido a comienzos del siglo XIX, le dio como nombre popular: "Casa de las Muertes".
La casa se encontraba ubicada en una calle de Tapiceros, actualmente en la calle de Bordadores. En 1500 Alfonso de Fonseca hace construir esta casa (junto con el Palacio de La Salina). A comienzos del siglo XIX se produce un cuádruple asesinato de una familia compuesta de cuatro individuos que habitaba en su interior. Este suceso impresionó a los habitantes de Salamanca y acrecentó la denominación popular de la "Casa de las Muertes". En mayo de 1835 una señorita que, meses antes había despedido a sus criados, habitando en su retiro en la casa aparece una mañana asesinada en el pozo del patio. A causa de estos sucesos la casa quedó deshabitada por algún tiempo hasta que volvió a ser habitada a finales del siglo XIX.
Esta casa se caracteriza por la fachada, labrada en la piedra franca de las canteras salmantinas de Villamayor. Toda ella muestra una ornamentación plateresca. En un medallón central puede verse un busto con la leyenda dedicada a Alfonso de Fonseca, donde se puede leer la inscripción: Severísimo Fonseca Patriarcha Alexandrino.
Fuente:




https://es.wikipedia.org/wiki/Casa_de_las_Muertes
Parte lingüística

La leyenda de Don Diego y Elvira

Cuentan que la historia de esta casa se remonta al año 1467.
En 1467 vive en este lugar una bella jovencita llamada Elvira Manzano. Don Diego, un joven de noble aspecto, y poco dado a permitir que no se realice su voluntad, se ha enamorado sin remedio de la encantadora Elvira.
El problema principal es que en Salamanca por entonces hay una lucha de bandos nobiliarios: los Monroy y los Manzano. Elvira pertenece al bando de los Manzano y don Diego al de los Monroy. Una especie de Romeo y Julieta a la española, con el matiz de que nuestra Elvira no está enamorada de don Diego, detalle que a don Diego no le parece de importancia.
Don Diego consumido de “amor” elabora un plan para secuestrar a su “amada”. Busca la ayuda de dos soldados sin escrúpulos: Tello e Íñigo, que a su vez consiguen la ayuda de Altamirano, sirviente de la casa de los Manzano.
Una noche que Elvira está sola en compañía de quien ella cree que es su fiel Altamirano, escuchan ruido en la casa. Alguien ha entrado. Altamirano que ya no puede aguantar más su mala conciencia, confiesa a su joven señora la traición y los planes de don Diego.
Elvira no pierde la calma y decide fingir su muerte. Compone la escena con unos eficaces efectos de luces. Deja que la oscuridad se adueñe de sus aposentos, se deja caer en la alfombra con un crucifijo en la mano, y su muerte fingida queda apenas iluminada por la tenue luz de la luna y la lamparilla de la Virgen que preside la habitación.
Don Diego no puede aguantar por más tiempo la separación de su deseada Elvira. Abre la puerta de los aposentos de la joven con ardorosa violencia, pero no tiene más remedio que detenerse demudado a contemplar la escena.
Mira a su “amada” creyéndola muerta, mira después la imagen de la Virgen a la luz temblona de las velas, y cae de rodillas envuelto en llanto, culpa y arrepentimiento.
Entre tanto Altamirano no ha estado ocioso. Ha hecho creer a Tello e Íñigo que sigue estando de su lado. Y con la excusa de llevarlos a un aposento lleno de riquezas que pueden saquear, los conduce por una escalera de caracol hasta una cueva abierta en roca viva.
En el interior de esa cueva, la madre de Elvira, Doña Mencia de Asuero, había colocado los cadáveres de sus dos hijos mayores, muertos a manos de doña María la Brava que los decapitó sin piedad para vengar a su vez la muerte de sus hijos.
Cuando Tello e Íñigo entran en la cueva, en lugar de riquezas encuentran los dos cadáveres sin cabeza. Pero es tarde para escapar. Altamirano cierra para siempre la puerta.
Lo siguiente que se sabe de Don Diego es que ingresó en un convento, se dedicó a la vida religiosa y murió nada menos que santo.
De Tello e Íñigo no volvió a saberse nada hasta que años y años después, con motivo de unas excavaciones para reconstruir la casa (¿quizá cuando se edificó la casa de las muertes en el siglo XVI?) aparecieron en aquella oquedad entre rocas cuatro cadáveres: los de Tello, Íñigo, y los de los dos jóvenes Manzano que doña María la Brava dejó sin cabeza. 
El hallazgo de los cadáveres horrorizó tanto a los salmantinos que desde entonces dieron en llamar a la casa como la de las muertes.


La leyenda de Don Diego y doña Mencia

Cuentan que años después sucedió otra historia macabra en el interior de la casa de las Muertes.
La costumbre de heredar nombres de antepasados, la simple casualidad, o la oscuridad confusa que rodea a las leyendas hace que los nombres de los protagonistas de la siguiente historia sean muy parecidos a los de la anterior. Él vuelve a llamarse don Diego y ella  ahora se llama doña Mencia.

Don Diego es un soldado poeta. Un joven valiente muy temido por sus enemigos en el combate, y un trovador apasionado que con sus versos vence la resistencia de las más firmes voluntades femeninas. Un donjuán en toda regla que ha conquistado a muchas mujeres a lo largo y ancho de la ciudad, y a todas ha despreciado.
Hasta que un día conoce a doña Mencia. Una joven muy bella recién salida del convento, tímida y callada. O eso cree don Diego…
Se casan. El matrimonio vive en la que hoy conocemos como casa de las Muertes. Don Diego tarda poco en descubrir que ha tomado por esposa a la horma de su zapato.
Doña Mencia aprovecha las ausencias guerreras de su marido para divertirse con unos y con otros.
Salamanca siempre ha sido una ciudad pequeña, y las habladurías llegan pronto a oídos de don Diego. Nuestro Don Juan charro regresa al galope a Salamanca, finge no dar crédito a las noticias, pero el burlador burlado prepara su venganza.
Los amantes de doña Mencia empiezan a aparecer misteriosamente muertos a los pies del balcón. Don Diego es tan diestro en el combate, que sus víctimas no tienen tiempo ni de gritar. Nadie escucha nada y los cadáveres empiezan a amontonarse. Ya han muerto dos hombres a los pies de su casa, y  ningún otro con dos dedos de frente se atreve a mirar a doña Mencia.
Hasta que aparece don Lope, quien seducido por los encantos de doña Mencia, está dispuesto a desafiar cualquier peligro por estar con ella.
La noche en la que han decidido consumar su atracción, don Lope se encamina a la casa de las Muertes. El viento que recorre la ciudad es atronador. Rompe a llover.  Emboscado en la oscuridad de la calle Bordadores don Diego espera.
Don Lope llama a la puerta de la casa con la señal convenida. Por entre el aullido del viento y el golpear de la lluvia escucha de pronto gritos a su espalda:
—¡Defendeos, don Lope!
Don Lope echa mano a su espada. Los rugidos del viento ocultan los gritos de la pelea y el chocar de las espadas.
Doña Mencia despreocupada y feliz da el último toque a sus rizos, se pellizca las mejillas, y espera ilusionada entre perfumes la llegada de don Lope.
En ese instante don Lope cae muerto en la calle. Don Diego da dos pasos hacia su vivienda y por un momento vacila. Parece que también va a caer, pero ayudándose de la espada recupera el equilibro.
Doña Mencia sonríe al sentir que la puerta de su habitación se abre. Se vuelve para recibir a don Lope, y empalidece al ver a su marido observándola, apoyado un brazo en la pared y colgándole del otro la espada cubierta de sangre. Horrorizada adivina lo sucedido:
—¡No me mates! ¡No me mates, por favor!
Diego avanza hacia ella.  Pero cae al suelo. Tiene una herida en el costado por la que se le está yendo la vida. Mencia aprovecha para quitarle la espada y tirarla por el balcón. No puede evitar un grito al ver el cuerpo de don Lope tendido en la calle. Aterrada y llena de rabia se vuelve a mirar a Diego. Pero Diego ya no está allí.
Mencia presiente el peligro y no se atreve a dar un paso. Intenta calmar el llanto y buscar a Diego con la mirada, pero no descubre dónde está. De pronto Diego se abalanza sobre ella, le agarra el cuello y empieza a apretar con furia. 
A la mañana siguiente los vecinos descubren el cuerpo sin vida de don Lope tendido en la calle. Miran hacia la casa, y a través del balcón abierto ven muertos a la pareja. Ella con el rostro amoratado y los ojos todavía abiertos y horrorizados. Él atenazando aún entre sus manos el cuello de ella, como si ni aún después de muerto estuviera dispuesto a soltar lo que creyó de su propiedad.

Fuente: http://historiasdelcuartodeatras.blogspot.com.es/2012/10/leyendas-de-la-casa-de-las-muertes.html














Parte matemática







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